Jornada uno, la casa adorada.
Había días en que el edificio era
un mar de risas. Los niños que se habían apoderado de aquella estructura la
convertían en algo nuevo a pesar de estar vieja y desgastada. Hacía más de diez
años que los edificios se encontraban abandonados, clausurados por el gobierno
después de comprobarse que la estructura no era segura; por lo mismo la
construcción en donde Labid jugaba con su pandilla, su familia, carecía de
algunas paredes. Los niños dormían en un edificio con tres pisos, todos optaron
por dormir en el segundo piso ya que acordaron que: dormir en el primero los
expondría a la amenaza de los adultos y el tercer piso estaba integrado por
tres paredes que eran las divisiones de la cocina, baño y recamara, y una
cuarta a punto de caer al vacío.
El departamento habitado estaba
bien organizado, con muebles que los mismos niños habían sacado de los demás
departamentos y habían traído hasta ese en el que se alojarían. La recamara
tenía cuatro camas en donde los seis niños dormirían, en la sala estaba la
quinta cama donde la hermana Elena, la hermana de Labid dormía. El comedor
tenía una estantería donde se acomodaban algunas latas y condimentos, se podían
ver dos latas de atún, una de frijoles, una de piñas en almíbar pasada de la
fecha de caducidad y dos de salsas, dos cebollas, cuatro dientes de ajo y el
salero, la mesa estaba estratégicamente colocada en medio y allí estaba la
fruta; los niños jamás usaban la mesa para comer sino solo para depositar sus
pertenencias y la fruta que hubiesen obtenido en el día, había una estufa que
nunca usaban pues no había gas, también un refrigerador pequeño que tenía mucho
tiempo de no ser abierto. La sala era lo mejor del departamento, tres muebles
de tres plazas cada uno, cuatro taburetes, el colchón de Elena, una mesa
pequeña y una maquina manual de raspados sin usar en un rincón, las juntas
después de jugar todo el día se llevaban a cabo en la sala y consistían en
quedarse sentados cansados mientras platicaban lo que había pasado. Por todo el
departamento habían cubetas y garrafones llenos de agua que usaban para
bañarse, principalmente Elena, limpiar, jugar o para todas aquellas necesidades
que surgieran en el baño, solo en un rincón había un garrafón de agua purificada
que Elena insistía en comprar para evitar los bichos, si bien Carlitos siempre
decía que era un gasto de dinero innecesario cuando tenían la manguera que
habían adaptado para tomar agua de una vecindad cercana, y de la cual podían
beber sin problema.
Pedro era el mayor de los niños,
era un poco alto para su edad de ojos cafés y pelo negro, un color de piel algo
tostado y unos labios casi imperceptibles, junto con una nariz poco ancha le
daban una apariencia normal y poco sobresaliente, era callado y los niños no le
decían que hablara si él no quería, además al ser el más grande, aunque no le
tenían miedo, si lo respetaba, porque si bien a la hora de subir a los arboles
no era muy ágil, al momento de disparar la pelota hacia la portería era un asesino
que siempre metía gol. En secreto le gustaba Elena a quien nunca podía ver más
de tres segundos antes de voltear a otro lado, la defendía de los niños de la
calle que se encontraban y más de una vez le llevo una flor a la casa, misma
que ponía en su colchón de la sala.
Jesús le seguía en edad de cerca,
era un niño alto y delgado, con ojos perdidos y saltones, una nariz delgada
pero larga y labios grandes, a diferencia de Roberto era muy reconocible,
hablaba mas y, aunque tenían casi el mismo color de piel, era mas dinámico y el
líder de facto del grupo, si bien siempre respetaba las decisiones de Elena al
considerarla una buena amiga, eso además de sentir respeto por Roberto y saber
lo que sentía por ella. Era inteligente pero más que nada astuto al punto de
que no se le escapaba nada de su vista, y en cuanto tenía un problema
rápidamente lo convertía en soluciones que ponía en acción saliendo airoso de
toda situación.
Abraham era menor que Jesús como
por un año, era más bajo que él y tenía el mismo color de piel, sus labios eran
normales y aunque su nariz era un poco ancha, sus ojos encajaban bien en el
marco de su cara. Lo que más lo distinguía era que tenía una habilidad empática
para con los demás, era quien hacía sentir bien al grupo, si bien poseía una
tristeza inherente en su espíritu. Era un buen deportista y un mejor amigo con
una buena memoria. Era el único que se levantaba temprano y el que trabajaba
más que los demás por lo que los más grandes de la familia lo tenían en alta
estima, no así los más pequeños quienes lo veían como el niño molesto que los
levantaba en las mañanas, si bien todos lo querían por ser buen amigo.
Eduardo era un niño raro dentro
del grupo, hacia pocas cosas y le gustaba descansar donde fuera, si bien todos
lo toleraban porque era quien sacaba las risas de toda situación que hubiera.
Era un chico delgado, de la misma edad que Abraham, no destacaba en nada con su
nariz, orejas y boca normales solamente su color de piel más blanca que los
demás lo hacían destacar. Por lo mismo de su actitud casi no comía ni
desgastaba en la casa al sentir culpa por hacer pocas cosas.
Labid era un chico cuya principal
habilidad era la de continuar siempre hasta el final, jamás dejaba que los
demás le dijera lo que tenía que hacer a excepción de su hermana, era un chico
pequeño, de piel morena con una nariz ancha, de labios y ojos grandes que
cautivaban y un cabello castaño obscuro. No era muy fuerte y le costaban las
cosas deportivas, pero su ingenio e inteligencia lo sacaban de problemas, eso y
su voluntad que siempre lo hacía continuar.
Carlos era el menor de la familia
con unos labios grandes y una nariz pequeña siempre causaba lastima en los
adultos que lo veían deambular por la
calle, y es que su color pálido de piel le daba un aura de nobleza espiritual
que cautivaba, todo esto adornado por un color de cabello castaño claro y unos
ojo color miel. Era sin embargo mal deportista y algo bobo, eso se explica
quizás debido a su corta edad, era aun con lo anterior, quien más se esforzaba
por contribuir a los gastos de la familia.
Elena era una niña mandona a la
que le gustaba tener todo en orden y ser muy limpia. Con su hermano sin embargo
era condescendiente y le pasaba muchas faltas que a los demás niños no, si bien
siempre se preocupaba porque todos tuvieran algo que comer y tuvieran algo de
beber, además de administrar los gastos de la casa y servir de enfermera a
aquellos niños que, jugando, se lastimaran, era muy querida por todos pues
siempre se preocupaba por que todos estuvieran bien. Sabía lo que Pedro sentía por
ella, pero nunca le decía nada por temor a que le importara más él y que los
demás niños dejaran de importarle.
Las actividades se decidían por
una democracia casi absoluta con el voto de Elena como última palabra, nadie
estaba obligado a hacer nada sin embargo todos se sentían responsables de los
demás por lo que se esforzaban en conseguir dinero para los gastos del grupo,
así como divertirse jugando en los arboles o pateando la pelota que se habían
encontrado hacía mucho tiempo.
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