martes, 3 de abril de 2012

Las jornadas de Labid.


Jornada uno, la casa adorada.

Había días en que el edificio era un mar de risas. Los niños que se habían apoderado de aquella estructura la convertían en algo nuevo a pesar de estar vieja y desgastada. Hacía más de diez años que los edificios se encontraban abandonados, clausurados por el gobierno después de comprobarse que la estructura no era segura; por lo mismo la construcción en donde Labid jugaba con su pandilla, su familia, carecía de algunas paredes. Los niños dormían en un edificio con tres pisos, todos optaron por dormir en el segundo piso ya que acordaron que: dormir en el primero los expondría a la amenaza de los adultos y el tercer piso estaba integrado por tres paredes que eran las divisiones de la cocina, baño y recamara, y una cuarta a punto de caer al vacío.

El departamento habitado estaba bien organizado, con muebles que los mismos niños habían sacado de los demás departamentos y habían traído hasta ese en el que se alojarían. La recamara tenía cuatro camas en donde los seis niños dormirían, en la sala estaba la quinta cama donde la hermana Elena, la hermana de Labid dormía. El comedor tenía una estantería donde se acomodaban algunas latas y condimentos, se podían ver dos latas de atún, una de frijoles, una de piñas en almíbar pasada de la fecha de caducidad y dos de salsas, dos cebollas, cuatro dientes de ajo y el salero, la mesa estaba estratégicamente colocada en medio y allí estaba la fruta; los niños jamás usaban la mesa para comer sino solo para depositar sus pertenencias y la fruta que hubiesen obtenido en el día, había una estufa que nunca usaban pues no había gas, también un refrigerador pequeño que tenía mucho tiempo de no ser abierto. La sala era lo mejor del departamento, tres muebles de tres plazas cada uno, cuatro taburetes, el colchón de Elena, una mesa pequeña y una maquina manual de raspados sin usar en un rincón, las juntas después de jugar todo el día se llevaban a cabo en la sala y consistían en quedarse sentados cansados mientras platicaban lo que había pasado. Por todo el departamento habían cubetas y garrafones llenos de agua que usaban para bañarse, principalmente Elena, limpiar, jugar o para todas aquellas necesidades que surgieran en el baño, solo en un rincón había un garrafón de agua purificada que Elena insistía en comprar para evitar los bichos, si bien Carlitos siempre decía que era un gasto de dinero innecesario cuando tenían la manguera que habían adaptado para tomar agua de una vecindad cercana, y de la cual podían beber sin problema.

Pedro era el mayor de los niños, era un poco alto para su edad de ojos cafés y pelo negro, un color de piel algo tostado y unos labios casi imperceptibles, junto con una nariz poco ancha le daban una apariencia normal y poco sobresaliente, era callado y los niños no le decían que hablara si él no quería, además al ser el más grande, aunque no le tenían miedo, si lo respetaba, porque si bien a la hora de subir a los arboles no era muy ágil, al momento de disparar la pelota hacia la portería era un asesino que siempre metía gol. En secreto le gustaba Elena a quien nunca podía ver más de tres segundos antes de voltear a otro lado, la defendía de los niños de la calle que se encontraban y más de una vez le llevo una flor a la casa, misma que ponía en su colchón de la sala.

Jesús le seguía en edad de cerca, era un niño alto y delgado, con ojos perdidos y saltones, una nariz delgada pero larga y labios grandes, a diferencia de Roberto era muy reconocible, hablaba mas y, aunque tenían casi el mismo color de piel, era mas dinámico y el líder de facto del grupo, si bien siempre respetaba las decisiones de Elena al considerarla una buena amiga, eso además de sentir respeto por Roberto y saber lo que sentía por ella. Era inteligente pero más que nada astuto al punto de que no se le escapaba nada de su vista, y en cuanto tenía un problema rápidamente lo convertía en soluciones que ponía en acción saliendo airoso de toda situación.

Abraham era menor que Jesús como por un año, era más bajo que él y tenía el mismo color de piel, sus labios eran normales y aunque su nariz era un poco ancha, sus ojos encajaban bien en el marco de su cara. Lo que más lo distinguía era que tenía una habilidad empática para con los demás, era quien hacía sentir bien al grupo, si bien poseía una tristeza inherente en su espíritu. Era un buen deportista y un mejor amigo con una buena memoria. Era el único que se levantaba temprano y el que trabajaba más que los demás por lo que los más grandes de la familia lo tenían en alta estima, no así los más pequeños quienes lo veían como el niño molesto que los levantaba en las mañanas, si bien todos lo querían por ser buen amigo.

Eduardo era un niño raro dentro del grupo, hacia pocas cosas y le gustaba descansar donde fuera, si bien todos lo toleraban porque era quien sacaba las risas de toda situación que hubiera. Era un chico delgado, de la misma edad que Abraham, no destacaba en nada con su nariz, orejas y boca normales solamente su color de piel más blanca que los demás lo hacían destacar. Por lo mismo de su actitud casi no comía ni desgastaba en la casa al sentir culpa por hacer pocas cosas.

Labid era un chico cuya principal habilidad era la de continuar siempre hasta el final, jamás dejaba que los demás le dijera lo que tenía que hacer a excepción de su hermana, era un chico pequeño, de piel morena con una nariz ancha, de labios y ojos grandes que cautivaban y un cabello castaño obscuro. No era muy fuerte y le costaban las cosas deportivas, pero su ingenio e inteligencia lo sacaban de problemas, eso y su voluntad que siempre lo hacía continuar.

Carlos era el menor de la familia con unos labios grandes y una nariz pequeña siempre causaba lastima en los adultos que lo veían  deambular por la calle, y es que su color pálido de piel le daba un aura de nobleza espiritual que cautivaba, todo esto adornado por un color de cabello castaño claro y unos ojo color miel. Era sin embargo mal deportista y algo bobo, eso se explica quizás debido a su corta edad, era aun con lo anterior, quien más se esforzaba por contribuir a los gastos de la familia.

Elena era una niña mandona a la que le gustaba tener todo en orden y ser muy limpia. Con su hermano sin embargo era condescendiente y le pasaba muchas faltas que a los demás niños no, si bien siempre se preocupaba porque todos tuvieran algo que comer y tuvieran algo de beber, además de administrar los gastos de la casa y servir de enfermera a aquellos niños que, jugando, se lastimaran, era muy querida por todos pues siempre se preocupaba por que todos estuvieran bien. Sabía lo que Pedro sentía por ella, pero nunca le decía nada por temor a que le importara más él y que los demás niños dejaran de importarle.

Las actividades se decidían por una democracia casi absoluta con el voto de Elena como última palabra, nadie estaba obligado a hacer nada sin embargo todos se sentían responsables de los demás por lo que se esforzaban en conseguir dinero para los gastos del grupo, así como divertirse jugando en los arboles o pateando la pelota que se habían encontrado hacía mucho tiempo.

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